Tuve el gran privilegio de servir como misionero de la Iglesia de Jesucristo durante dos años en Ecuador. Durante este tiempo, nuestra labor era visitar a las personas en sus hogares, y compartir un poco acerca del Evangelio de Jesucristo.
Era muy especial ver como estas personas que uno apenas y conocía confiaban tanto en uno, y era sorprendente ver cómo nos confiaban a mi compañero y a mí, que éramos jóvenes de 20 años, loas situaciones de su familia, de su trabajo y de sus sentimientos. Era una responsabilidad bien grande, ya que ellos esperaban que uno pudiera darles un consejo que los animara y que lo pudieran aplicar para solucionar las situaciones que atravesaban.
Recuerdo una vez en especial que conocimos a una madre, que vivía sola con sus cuatro hijos. Ellos habían atravesado muchas dificultades últimamente; habían perdido su hogar en un incendio, a la madre se le estaba dificultando mucho obtener trabajo y sus hijos mayores se estaban involucrado en drogas. Eso la tenía a ella muy deprimida, y muchas veces pensaba en qué podía hacer para no sufrir más. Mi compañero y yo al principio no sabíamos cómo ayudarle, o que decir; sin embargo, nos dimos cuenta que al escucharle íbamos entendiendo mejor su situación y la manera en que le podríamos ayudar. Algo pequeño que hicimos fue la empatía, el ponernos en su posición e imaginar como querríamos que nos ayudaran estando en su posición.
Aún así lo que nosotros podíamos hacer era poco; pero fue muy reconfortante para ella saber que había alguien que le estaba escuchando y que estaba pendiente de cómo se resolvía su situación. A fin de cuentas hubieron muchas mas personas involucradas en ayudarle a esta madre, y lo que hicimos mi compañero y yo fue poco más que estar ahí para ella, pero creo que el dar motivación es ayudar a las personas a creer que algo es posible, que vale la pena superar la situación actual en la que se vive.
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