Mi hermano y yo nacimos con muy poco tiempo de diferencia entre uno y otro. Yo, que soy el mayor, únicamente le llevo 1 año y cuatro meses. Uno de los desafíos que tuvo mi madre mientras nos criaba era que compartiéramos los juguetes el uno con el otro.
Una experiencia que le gusta relatar a mi madre ocurrió una noche en la que mi hermano y yo estábamos jugando con nuestros juguetes, cuando, no sé por qué razón, decidí que ya no le iba a prestar más mis juguetes a mi hermano. Mi mamá cuenta que entonces mi hermano se puso a llorar mucho, y que ella, con la paciencia un poco agotada, se puso a hablar conmigo. Pero en vez de regañarme, ella se puso a explicarme acerca de cómo en la vida, muchas veces teníamos que ceder por el bien común, que los adultos tenían que estar dispuestos a sacrificar algunas cosas por el bien de los demás, y que entre los países también tenían que ceder para que existiera paz en el mundo. Ella dice que mientras ella me hablaba de todo eso, yo estaba muy serio, poniéndole mucha atención.
Eso sucedió hace mucho tiempo, y aunque en mi mente no existe el recuerdo de esa ocasión, considero que la enseñanza siempre ha quedado en mi personalidad. Definitivamente, mi estilo para solucionar problemas es el estilo complaciente.
En la vida diaria, si el ceder un poco de terreno a otra persona significa que el problema se va acabar, para mí no es ningún problema el sacrificar hasta cierto punto mis intereses, con tal de que no exista un conflicto mayor entre las personas involucradas. Me llama la atención el hecho al que apunta el autor de libro de relaciones humanas, que señala que este tipo de solución de problemas es más eficaz cuando uno tiene que reconocer que se está en un error.
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